Dosis de descafeinado en “Presas”

La lucha por garantizar la libertad individual es un tema infinito que se presta a reinventarse en todos lo géneros y todos los contextos. Una situación universal y exportable con la que cualquiera puede como mínimo, empatizar. Desde las concepciones más abstractas, hasta lo que encontramos en esta historia, el lector tiene muy fácil el implicarse con los personajes a los que por distintas circunstancias de la vida, están encerrados por error. O si no es por error, de forma injusta. Si además, se le añade una experiencia personal de la que echar mano, Presas, de Beatriz Esteban, puede convertirse en el tipo de proyecto con un claro futuro brillante.

La media española de encarcelación femenina se encuentra en el 7,4% de la población reclusa. Los dos relatos más repetidos en dicho porcentaje se encuentran en las drogas y una vida marcada por los abusos, los dos ejes principales que rodean el motivo por el que Azahara está encerrada en el módulo de madres, con la cuenta atrás de que le arrebaten a su hija a los tres años para caer en manos de un padre manipulador, maltratador, alcohólico e irresponsable en todas las dimensiones posibles. Por su parte, Leire ha tomado una decisión con la que piensa seguir hacia delante a pesar de que su familia no esté de acuerdo: ir de voluntaria con su grupo religioso en la cárcel donde se encuentran Azahara y sus compañeras.

Cuando Leire ponga un pie en ese recinto y empiece a presenciar en primera persona cómo son los tratos y la rutina en un lugar así, los cimientos morales con los que ha crecido toda su vida perderán la validez que un día tuvieron y se verá obligada a dar un paso de gigante en pos de su maduración, de aceptar que el mundo ni es justo, ni blanco y negro. Todo funciona a través de una gama casi indescriptible de grises.

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La sugerencia de que una persona es una amalgama de grises es de hecho el principal atractivo del libro junto a la promesa morbosa de adentrarse en el día a día de las presas. Promesa que la autora cumple bastante bien gracias al conocimiento propio que ha aportado. La ambientación, sin caer en eternas descripciones y excesivos alardes de demostrar ha estado allí, permite que una se adentre en la historia a la perfección. 

Es un libro largo, no es denso y no cuesta leerlo pero sí es cierto que en cierto punto ya empiezas a ser consciente de que llevas un montón y todavía no se ha acabado. Está muy bien escrito y todo sigue un orden congruente de acciones, así como diálogos coherentes. Pero más que acciones, Presas es una historia que se centra especialmente en todo lo relacionado con lo emocional. En las consecuencias, los daños colaterales y las relaciones entre las personas. Cómo influimos en la vida de los demás y cómo aprender a gestionar situaciones en las que una persona se puede ver envuelta porque así funciona el mundo.

Hay personajes en situaciones muy duras, que toman decisiones muy difíciles, muy bien explicadas, sin juzgar, sino exponiendo. Leire es una de ellas pero también funciona como la testigo que nos transmite todas las cosas que ve durante su estancia en la cárcel. Ahí es donde nos encontramos el segundo elemento que destaca en esta historia, ese matiz de grises.

En algún momento, no recuerdo en qué punto, hay una advertencia donde señala que aunque lo que sucede en esas páginas es ficción, es responsabilidad de cada uno querer creer si puede haber casos así o no en la vida real dentro de las cárceles. También prometía tratar con honestidad el funcionamiento de tales lugares pero por desgracia, yo no puedo decir que me haya parecido ni siquiera un poco controversial, ni que haya motivos para incluir una advertencia.

Si bien es cierto que hay personajes con un background muy interesante, no son ellos a los que se ha explotado sino a los más normativos y canónicos, los más blanquitos. La protagonista, Leire, es una chica bastante aburrida, cuya inocencia a veces puede resultar simplona, necesaria para presenciar cómo se le cae la venda de los ojos pero peligrosa a la hora de quedarnos atrapados en lo descafeinado.

Por otro lado, si bien el conflicto de Azahara, la co-protagonista, partía de una premisa interesante, se quedó en algo para mi gusto demasiado cliché, demasiado visto y sobre todo, demasiado predecible. Sin embargo, no sabría decir si eso es lo que necesita un libro que pretende conectar con un público no especializado más o menos juvenil o new-adult. 

Adentrándonos en temas de comercialidad es posible que Presas se encuentre en el límite y haya sido una decisión valiente publicar según para qué lectores y en qué industria esta historia. En esta línea nos encontramos el resto de aspectos que a nivel personal no me han gustado sencillamente porque no formo parte de su público objetivo, empezando por los cambios de perspectiva.

De nuevo, como acostumbran este tipo de historias, la narración corre a cargo de Azahara y de Leire, intercaladas, la mayor parte de libro. Dado que ambas tienen el mismo peso y de hecho una influye a la otra, me habría parecido una idea excelente y muy bien justificada hacerlo de tal forma de no ser porque de buenas a primeras y sin avisar se incluyen porque lo amerita la trama un puñado de capítulos de personajes secundarios e incluso muy poco relevantes.

Este cambio de perspectivas hace que se diluya mucho las voces narrativas y que para la cantidad de páginas que tiene el libro, no haya tratado en profundidad ninguno de los conflictos. De hecho, me he quedado con ganas de saber más con la mayoría de los personajes a excepción de la protagonista. Hay personajes secundarios que tienen mucha más fuerza y lejos de arropar a la trama principal, se la comen porque son mucho más interesantes. En esa línea, está de más incluir los nombres de los narradores al comienzo del capítulo. Como recurso estético puede gustarle a cierto tipo de lectores, pero tenemos un problema si necesitamos que nos digan quién es la persona que nos habla.

En general, me ha parecido una historia con intención de contentar a demasiados lectores, tanto a la hora de escribirla, que insisto en que está muy bien pero de nuevo, solo son narraciones expositivas una tras otra, como en cuanto a hablar de los personajes. Un libro que en la liga de la industria comercial es todo lo correcto que se le puede pedir y que lo tiene todo para gustar y cumplir con las ventas pero tampoco da nada más allá a pesar de que prometa un poso o una intención de aportar sobre un tema tan poco explotado en esos ambientes editoriales como las mujeres, la maternidad y las relaciones en las cárceles.

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