La dificultad de “El mercenario que coleccionaba obras de arte”

Que Wendy Guerra es una escritora y comunicadora lo suficientemente reconocida y premiada como para que no nos extrañe verla en primera plana de las apuestas de Alfaguara es una evidencia. También que una editorial de ese calibre no apostaría a vender el libro sin haberlo escrito antes de no saber que el tema a tratar es tan controversial y polémico como apuesta segura. Cuba da mucho de qué hablar a lo largo y ancho sin importar el momento histórico que atravesemos. La revolución se agota pero ahora se puede analizar en perspectiva y enlazar con todos los conflictos latinoamericanos que surgen en la actualidad.

El continente americano es un hervidero de enfrentamientos ideológicos trascendentales en cuanto a estrategia política de una guerra fría cada vez más fría pero nunca olvidada y Wendy ha rastreado a una de las piezas clave para ordenar todas las fichas y poder sacar conclusiones en un relato lo más alejado de las identificaciones y simpatismos políticos. En El mercenario que coleccionaba obras de arte hay una de cal y otra de arena. Se habla sin tapujos de los conflictos en Centroamérica y cómo la contrarrevolución cubana participó para acercarse poco a poco a una meta que les parecía lejana pero que a la par, les infundía combustible para no rendirse y dejarse llevar ante la indiferencia y el agotamiento.

Adrián Falcón esconde a un hombre de carne y hueso más allá de la ficción. La autora de esta obra lo acompañó durante un año y medio mientras este compartía con ella una biografía que había guardado con recelo. El trabajo de Wendy Guerra es sin lugar a dudas complejo y arduo. Un libro con un montón de información que ordenar y ficcionar, denso, con contradicciones que refleja una realidad de la que a muchos les gustaría escapar tanto de un lado como de otro.

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Ante esta situación tan inusual me resultaría injusto que se valorara la historia de Adrián y Valentina desde el sofá como se valora la de un best-seller de la misma casa con el único fin de entretener. El mercenario que coleccionaba obras de arte juega en una liga muy distinta a la de la mayoría de lo que nos podemos encontrar en los escaparates de las librerías. Es una narración incómoda porque es una historia incómoda y sobre todo, el contexto extradiegético del que depende totalmente el resultado que nos encontramos entre sus páginas. 

Wendy Guerra no solo estaba condicionada por las exigencias de la editorial sino también por las de su fuente primaria, el mercenario, quien le hacía peticiones o a veces se mostraba reticente ante las decisiones de la escritora. Entre la espada y la pared ha tejido un relato entre las calles de París que acompañarán a todas las confesiones del mercenario y puede que ahí sea el punto en el que se desate la polémica.

No es una biografía al uso, ni siquiera se puede pensar en esta obra como no ficción. Cierto es que Valentina representa a esa mujer cubana que creció en un internado femenino cuya meta en la vida era perpetuar la revolución. La propia Wendy responde a esta descripción pero Valentina es un personaje de ficción que descubre poco a poco y a la par todas las andanzas de Adrián Falcón. El mercenario que coleccionaba obras de arte se encuentra en medio de la ambigüedad. No hay suficiente ego de Wendy como para encontrarla pero tampoco nos podemos olvidar que la historia bebe de la realidad.

Tal importancia poseen los hechos reales aquí que de ellos nace la estructura narrativa que ha seguido la autora y el efecto inmediato es generar cierta confusión e incluso rechazo hacia los lectores a los que no les gusta salir de su zona de confort. Llevamos demasiado tiempo ficcionando con la misma receta las historias como para que ahora nos lo cambien, por mucho que se intente compensar con meternos en la cabeza que todo sucedió de verdad.

De hecho, es una apuesta por una novela que baila entre lo que busca una editorial para vender: percha que llame al bolsillo de los lectores y la experimentación literaria, la innovación narrativa que puede generar distintas reacciones pero que al menos, genera algo. No es una historia insípida ni mala sino difícil y confusa a ratos para quien no comparta contexto o al menos, lo conozca en un mínimo. 

Los personajes son muy latinoamericanos en todos los aspectos y eso tiene sus ventajas como sus desventajas y para cada lector serán diferentes. Si bien es cierto que a veces el machismo de Adrián Falcón es difícil de digerir; un machismo necesario de plasmar para perfilar con honestidad todas las aristas del protagonista. Del mismo modo que me ha resultado incómoda la forma que se fetichiza a Europa como una Europa regia, donde todo son marcas de tiendas de lujo, restaurantes finos y calles señoriales. La historia de Valentina y Adrián está narrada desde la voz y los ojos de una mujer latinoamericana y ese contexto influye mucho en la recepción de los lectores con diferencias culturales.

El mercenario que coleccionaba obras de arte es una historia difícil, con mucha personalidad y distancia cultural que puede que termine por resultar una incomprendida del mercado: es ficción adulta y no dirigida para todo el mundo sino para aquellos con ciertas nociones sobre la situación de Latinoamérica que quieran descubrir de “primera” mano un testimonio más sobre el sangrado continuo al que sometemos al continente. Un relato que en el fondo es más duro de lo que nos gustaría admitir y quizás por eso termina por hacerse un tanto forzada la trama romántica-sexual de los dos protagonistas, pese a parecer lógica y casi inevitable la curiosidad por el contrario que termina convirtiéndose en atracción cuando el tiempo ha terminado por ajar todos los ideales.

Las voces narrativas son igual de controversiales. ¿Era necesario mezclarlas? ¿Podríamos vivir sin conocer el punto de vista de ambos? ¿Quiso Wendy Guerra abarcarlo todo? ¿Habría quedado mejor apostando por una sola carta? Son preguntas que de responderse supondría estar leyendo otro libro pero no este y pese a cualquier pero que se le pueda sacar a la historia, que en ningún momento eclipsa todo el trabajo de la autora, el final es un final tan necesario como en cierto modo predecible y satisfactorio. A medida que avanza la historia del mercenario, uno se puede olvidar de las distancias culturales y de consumo para adentrarse en otro pequeño capítulo de la vida de estos dos personajes tan peculiares.

Una novela que sigue siendo una apuesta de entretenimiento para los más exigentes que buscan algo más que una historia de dos personajes ficticios, que buscan aprender, aumentar miras y cotejar información. Una novela arriesgada y meritoria de reconocimiento.

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