Del 3% que te sorprende

No sé si 3%, serie original de Netflix, ha causado revuelo o se ha consagrado entre los espectadores. Lo único que sé es que yo llegué a ella de forma aleatoria y doy gracias de presionar play de casualidad.

En este caso, se trata de una serie brasileña cuyo capítulo piloto ya había sido creado hace años para Youtube. Los señores de Netflix decidieron retomar el proyecto y contactar con su creador, para que se explayara. La dirección ha corrido a cuenta de César Charlone, el director de fotografía de la famosa Ciudad de Dios, una película de diez, imprescindible para cualquier amante del arte y la cultura.

Con esta gran referencia, poco más necesita, pero he intentado condensar tanto lo bueno, como lo malo para que vosotros mismos podáis decidir si merece o no la pena.

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Para situarnos, la historia trata sobre un mundo paralelo donde la sociedad se ha radicalizado hasta extremos insospechados: la gran mayoría, el 97%, vive en la más ínfima de las inmundicias, intentando sobrevivir y controlados por el otro 3%, acaparadores de toda la tecnología y la riqueza. Para formar parte del 3%, en un intento de ser justos, creen que todo el mundo se puede someter voluntariamente a lo que llaman El Proceso, una serie de pruebas que teóricamente evalúan al sujeto para discernir si es merecedor de disfrutar de los privilegios o no. Por supuesto, no todo el mundo está de acuerdo con el sistema y habrá unos cuantos rebeldes que intenten cambiar las cosas por todos los medios posibles.

No me detendré a explicar nada más por el momento, pero sí me gustaría decir que es uno de los supuestos de ciencia ficción más realistas y que desde luego, no se han alejado muchos años para desarrollar las tramas.

¿Lo peor de 3%?

Sin lugar a dudas, lo primero que puede echar para atrás de la serie es su premisa. Las distopías ya están muy vistas y a menos que te dé igual o tengas ganas de echarle el guante a 3% específicamente, al leer la sinopsis, crees que es un refrito más; la copia de la copia. Battle Royale nos gustó, Los juegos del hambre la aceptamos, Divergente la miramos con recelo y El corredor del laberinto ya ni nos esforzamos en conocerlo. Sí, lo sabemos, el mundo se encuentra al borde de un apocalipsis y solo Mad Max ha logrado hacerlo bien (¿o no?), así que ¿para qué vamos a tragarnos otra telenovela de adolescentes vestidos con harapos y en el fin del mundo?
La respuesta a esta pregunta será contestada como una de las mejores cosas que tiene la serie, porque a pesar de que parece que empiece con mal pie, encontrándote con algo ya demasiado familiar, logra dejarte con la boca abierta.

Al margen de tener una premisa poco atractiva, una vez que nos adentramos en el mundo de Michel Santana, la protagonista clara de la serie, nos encontramos con dos detalles que pueden llegar a incomodar, aunque por mi parte, comprendo que hayan decidido que fuera así. Sin embargo, igual que dije con Sense8, puedo llegar a entender que alguien lo vea como un par de aspectos negativos.

Por un lado, nos encontramos a La Causa, presentada en las primeras tomas del capítulo piloto, lo que nos da a entender que será la clave. Más aún cuando la cámara se centra mucho en sus pintadas y los personajes hablan sobre lo locos que están o lo poco que importan. Los componentes de la causa son acusados de terroristas y como siempre sucede y en este caso, parece, de momento, que se cumple, los rebeldes son los buenos, los verdaderos héroes.
El problema es que apenas se sabe nada de ellos. Aparecen unas cuantas veces, forman parte del universo de 3%, arropan las tramas principales, se usa de argumento para muchas acciones, pero no va más allá.
Mi suposición es que todavía no ha llegado el momento, que primero quieren que el espectador tenga muy claro cómo es la vida en Brasil después de ese “reinicio”, para que una vez lo sepan, puedan entender a La Causa. El final de temporada ha dejado muy claro que su relevancia irá creciendo poco a poco, pero no diré que al menos, yo, me he quedado con ganas de saber más, lo que puede considerarse como algo bueno, porque mantienen el suspense y denota gran habilidad para ir repartiendo información y tensar la cuerda.

Por otro lado, quizás haya confusiones y preguntas sin resolver: ¿cómo viven? ¿de dónde sacan el dinero? ¿cómo sobreviven los niños que abandonan? Entre otras muchas. Quizás sea un fallo de la diégesis y no tengan muy claro qué pasa al fondo del iceberg, quizás solo necesite más tiempo para que se vaya desarrollando, sin prisa. Como de momento no se sabe, no podía ignorarlo.

No hay mucho más que decir. A medida que iba viendo capítulos y capítulos seguidos, del tirón, solo podía resaltar cosas buenas y sentirme satisfecha con la elección y con Netflix, que llevaba una mala racha en cuanto a ganarse mi confianza con series como Las chicas del cable, Girl Boss o 13 reasons why. Parece que poco a poco, va remontando, así que intentaré no extenderme más de lo necesario en todas las cosas buenas que ha tenido la primera temporada de 3%, cuya renovación es segura, a pesar de que se me haga un poco difícil.

¿Lo mejor de 3%?

Como ya he dicho antes, lo “peor”, se puede convertir en lo “mejor”: sí, es una distopía, una distopía que le ha dado la vuelta a todos los estereotipos y los clichés. Parece que se decide a la primera de cambio quiénes van a ser los protagonistas y quiénes los segundones y a los pocos minutos, hay un punto de giro que lo modifica todo. No tienen piedad en deshacerse de ningún personaje y nadie está a salvo capítulo a capítulo. Cuando menos se lo espera uno, llega la desgracia. No es como Juego de tronos, pero parecido. Aquí tienen pistolas, no espadas.
Esos puntos de giro, además, consiguen que no exista el blanco o el negro. Los personajes son misteriosos y están plagados de claroscuros. Cuando crees que puedes odiar sin remordimientos a alguien, llega un suceso nuevo que hace que te sientas hasta mal por el desprecio que le habías dirigido. 3% enseña que no existe un mundo despiadado y justo porque sí, que todo tiene su razón de ser, que todo se basa en la perspectiva con la que se aborda y no existe ninguna verdad universal que solucione la situación de los personajes.
Por el momento, ni siquiera existe una tercera vía, como ya hemos visto en productos anteriores; la que eligen los protagonistas. No. En este caso la moral está mucho más diluida y todo depende de su personalidad, de su pasado y sus aspiraciones. No existe el equilibrio, como nos quieren hacer ver en Los juegos del hambre. En 3% cada uno se coloca en el bando que más beneficio personal le puede aportar.

La mentira, los asesinatos e incluso los suicidios se llevan a cabo con enorme naturalidad, pero no ese tipo de naturalidad de un mundo donde lo cotidiano es encontrarse con unos cuantos cadáveres al paso para remarcar lo dura que es la vida. No. Es una naturalidad estoica y realista. Se enfrentan a ello con horror, como lo haría cualquier persona, pero a la vez, de una forma en la que se ve que viven en una distopía con ciertas características y no en el mundo real. Esto aporta gran credibilidad a la diégesis, detalles muy cuidados que si uno se para a pensar, pueden suponerlo todo. Consiguen que te enfrasques tanto en la historia que llegas a creer ciertas cosas férreamente, para recibir luego la bofetada de sorpresa.

Por supuesto, no falta la crítica social, tan necesaria hoy en día. Sin embargo, no es una reivindicación clara y rancia que repite los mismos argumentos sacados del libro para simpatizar con el tipo de target al que va dirigida la serie. Es muy sutil, porque logra posicionarse en ambos lados, mostrar todas las perspectivas posibles, para que cada uno se haga su idea personal. Solo muestran, no intentan que te posiciones. Muestran injusticias tanto de un lado como de otro, cosas buenas tanto de uno como de otro. A pesar de eso, a mí, personalmente, no me ha pasado desapercibido que los discursos y diálogos a favor del mecanismo que se sigue para seleccionar solo a ese 3% “digno” para vivir en un paraíso y desechar al otro 97% bajo un sistema totalmente injusto, son muy parecidos a los discursos de los liberales capitalistas y no voy a mentir: me ha sacado una sonrisa al notar que detrás de 3% hay cabezas muy pensantes que saben cómo hacer daño sin falta de mancharse las manos, con elegancia, sin perder la compostura.
Reinventan, además, la religión de una forma muy curiosa, complementándose con lo anterior para ir dejando pequeñas muestras sutiles del mundo en el que vivimos en versión distopía, al más puro estilo Ciudad de Dios.

Siguiendo con lo personal, he de decir que han logrado emocionarme con una de las tramas. Sin darme cuenta, me encontré aguantando las lágrimas y eso no es algo que me suceda a menudo. Puede que sea porque tenga debilidad por los niños, pero hay algunos personajes que logran que la serie siga sumando puntos y puntos para que me decida a escribir una buena crítica sobre ella. No quiero especificar mucho más, para no destripar nada, porque no lo ves venir, pero tanto Augusto como Julia han tocado mi fibra sensible, en especial este primero y creo que no ha sido a la única.
Por otro lado, Joanna ha sido la encargada de conseguir un final de temporada maravilloso. A pesar de no ser protagonista, no podía llevarse otra la responsabilidad de pronunciar el “discurso” que no ha sido discurso, sino más bien una reflexión personal que se puede convertir en universal, haciendo que la historia avance a un más y dejándola en suspense total, en el punto álgido para que los espectadores se coman las uñas hasta que esté disponible la segunda temporada prometida.

Valoración conjunta

 Desde el plano de las escaleras perpendiculares supe que iba a ser una buena serie y no me he equivocado. Merece la pena verla, porque como se puede ir comprobando, es cine, una demostración más de que el talento fuera de los grandes imperios cinematográficos existe y más si se trata de cine latinoamericano, siempre brillante en cuanto a temas sociales. Lo único que se necesita es que el poder y los medios dejen de tenerlo ese 3% afincado en la colina de Hollywood.

La habilidad que tienen de ir soltando la cuerda para que poco a poco, el espectador vaya cayendo y termine empapado del Brasil distópico es casi sobrehumana. Sin estar categorizada de suspense, lo consiguen a la perfección y parece que casi sin esfuerzo, de un modo realista, comedido y sobre todo, elegante.

Por último, decir que si os ha gustado la forma narrativa de Ciudad de Dios, 3% os gustará. 100% asegurado. Si se busca cine social y que alguien te cuente lo malo del mundo sin sumirse en la desesperación, ni negar la realidad, nadie mejor que los latinoamericanos.

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