Los ojos de la gata en «La escala de Mohs»

La poesía y yo tenemos una relación complicada. No es que no me guste. Es que la respeto tanto que prefiero no acercarme a ella porque siento que le quedo pequeña, en primer lugar y en segundo porque para mí, la poesía no nace para ser publicada, sino para guardarla en un cajón. Esto, por supuesto, es mi percepción subjetiva porque no hay nada más subjetivo que la poesía, que viene de otro universo paralelo.

De vez en cuando, hago pequeñas incursiones al género, porque me gusta mucho, pero solo si la disfruto en soledad, oscuridad y silencio, porque a la par que me fascina, me incomoda. Me incomoda porque me siento una intrusa en la mente de una persona que no conozco físicamente y me resulta incluso violento violar la intimidad de alguien de esa manera. Sobre todo con la poesía contemporánea.

Me ha pasado unas cuantas veces pero esa sensación de ser una intrusa en una habitación privada que no debería curiosear nada de lo que encuentra a su paso y mucho menos tocarlo no me había golpeado con tanta fuerza como me ha pasado cuando empecé a leer La escala de Mohs de Ana Isabel García Llorente.

Antes de poneros en situación, porque este poemario necesita contexto, quiero remarcar que la portada de su primera edición, unos doscientos ejemplares autopublicados dice: “A mi familia, a mi pueblo, a las personas justas que quedan”. Ya solo con eso os podéis imaginar lo que nos vamos a encontrar aquí. Yo me lo imaginaba pero no que fuera a ser tan… así.

El nombre de Ana Isabel García Llorente quizás no os suene de nada pero a ella se la conoce como Gata Cattana. Era una rapera española que se convirtió en mito. Cuando digo mito es mito. Es que quisiera conocer a un solo hater de esta mujer. Era mágica esta chica. Era porque se murió hace un par de años, mientras preparaba Banzai, su primer LP “por complicaciones cardiacas” (vete tú a saber, pero todo el mundo susurra la palabra drogas. Ni idea. Ni miento ni desmiento, simplemente, ni idea. Aunque puede ser).

La música de Gata Cattana era diferente. Era rap pero en la acepción más cercana al acrónimo, porque hacía poesía que a veces era complicada de entender. Sin más, era genuina y aunque reivindicaba como la que más y ella era una de las referentes del feminismo en el género pero también en general, en la cultura española, nunca jamás (creo yo, no me consta), era agresiva. Es que tenía un halo elegante que le permitía decir palabras malsonantes y que se escuchara hasta con armonía. Destacó solo por talento, de verdad. Hizo algo diferente y lo hizo bien porque era puro sentimiento.

Solía hacer recitales de poesía y de verdad, no conozco a nadie que no la ponga por las nubes como artista y como persona. Y cuando digo a nadie es nadie. Ni los niños de quince años traperillos. Es como una diosa para todos. A mí me gusta, pero tampoco había indagado tantísimo en sus trabajos como para ratificar toda la fama que ha ido acumulando. Es más, antes de empezar con La escala de Mohs leí una entrevista para conocer más en profundidad a la Gata (aunque tuviera buenísimas referencias de gente de la que me fío) y os mentiría si dijera que me pareció para tanto.

Me mosqueó mucho algunas de las cosas que dijo y sentí que en realidad Gata Cattana era un producto y por eso gustaba a tanta gente. Me desilusioné porque había puesto esperanzas en ella: inteligente, culta, elegante, sensible, consecuente y realista. Demasiadas virtudes juntas en una sola persona, ¿verdad? Demasiado bonito para ser real. Me pareció un poco hipócrita que hablara de pobreza y de barrio pero que en la entrevista dijera que no descartaba fichar con una multinacional. Bueno, vale, tal vez bastante.

Luego pensé: gente que de verdad no me parece hipócrita la venera. No sé, aquí algo falla. Gente que según yo tiene criterio la defienden hasta la muerte. ¿Qué pasa aquí? Bueno, pues averigüé lo que pasaba cuando me leí su libro de poemas. Y he de decir que incluso el prólogo, escrito por Antonio Díez, me resultó exagerado.

El prólogo de por sí es una maravilla y está a la altura que se merece la Gata. En él, Antonio Díez asegura que Ana Isabel es una de las mejores poetas contemporáneas de habla hispana y eso me pareció un poco fuerte. Es una afirmación fuerte. Yo no he leído tanta poesía como para concordar o diferir pero lo que sí os puedo decir es que tiene nivel para ser considerada de los mejores.

Leí con cautela, sin ser demasiado analítica, para dejar espacio a los sentimientos, y los primeros tres poemas, quizás cuatro, no me entraron por los ojos. Los veía muy simples, muy… No sé, todo el mundo habla de lo bonita que es Madrid con su contaminación y sus lucecitas de Navidad. Pero luego, me di cuenta que como siempre, ella hace de lo cotidiano algo suyo muy personal y a partir del quinto o sexto empieza lo fuerte.

A partir de ahí, no pude parar de leer. Confieso que me pilló en un momento de crisis existencial y bueno, ella vivía en la misma ciudad que yo, así que nos cagamos en los mismos políticos y vemos la misma mierda en las mismas calles, por tanto, me sentí muy cercana a sus palabras, tened eso en cuenta. Leerla fue como encontrar un alma gemela por ahí perdida, pero no solo en contenido, sino en formas.

La escala de Mohs tiene denuncia pero no es un libro de denuncia, es un libro donde Gata vomitó todo lo que la atormentaba y no la dejaba dormir, sin pensar en nada ni en nadie más. Ella dijo que lo publicó para cerrar un ciclo y no se entiende lo que quiere decir hasta que no lo lees. Te la imaginas perfectamente desvelada escribiendo para poder seguir viviendo. Después de leer este libro me creo un poco más a los que dicen que las drogas tuvieron que ver con sus complicaciones, porque lo que se ve aquí es a una mujer que no podía vivir en este mundo. Le quedaba pequeño. Os juro que si Bécquer conoce a la Gata, le escribe un nuevo libro de Rimas, porque Gata Cattana es como un rayo de luna en mitad de la noche (además, también era andaluza) y ahora que está muerta, más.

Sonará raro esto pero la verdad es que creo que se fue en un buen momento. Me parece que no podría soportar lo que se le venía a España encima meses después de su muerte. Si decía que ella ya tenía pesadillas con Cospedal y Cifuentes, me alegro en el alma de que no conociera a Rocío Monasterio, porque se habría muerto de pena, de todas formas.

¿Qué os puedo decir de este libro? Pues que como cualquier libro de poesía, es un viaje muy especial. Pero este a mí se me ha hecho incómodo porque he intuido perfectamente su dolor y si yo la admiro por algo es porque aunque transmite ese dolor con enfado, no es un enfado irrespetuoso, al contrario. Es elegante, muy en su línea.

Son poemas muy simbólicos. Ella ya lo decía en sus letras: no da nada masticado, ella habla para los listos, desde la humildad, eso siempre; la humildad de no querer ser nadie. Mezcla mucha religión con mitología pagana para describir el panorama “actual” (de hace unos años) en España. Pero de nuevo, lo hace con una elegancia fascinante y cautivadora, llena de personalidad. El estilo de la poesía de Gata creo que es inimitable. Quizás haya por ahí en el mundo otras personas que escriban parecido a ella, pero de ser así, por instinto, no aposta, porque tiene una esencia inigualable.

Si no estás puesto en lo que pasaba en el país, es posible que las cosas más literales no se entiendan pero que no cunda el pánico porque entender quién es Cospedal es la superficie que no es necesaria. En todos los países hay pobreza, hay políticos corruptos u oportunistas que se aprovechan del pueblo. Aquí se llaman de una manera, inserten los nombres que quieran. Lo que importa es lo que originan esas palabras, la impotencia, la frustración y sobre todo, la resignación que se intuye.

No digo transmite porque aquí voy a lo que hablaba sobre sentir que curioseaba en una habitación vacía donde no debería estar por educación y me mantiene el morbo de conocer a su habitante examinando sus cosas. Es una poesía que publicó para quedarse ella a gusto, no para ser reconocida, así que hay muchas cosas que son ambiguas porque no pensaba en aclararlo. Muchas palabras que tienen las interpretaciones que queramos pero que nunca serán 100% confirmadas.

¿El azul más duro en la escala de Mohs son sus propios ojos o los de otra persona? No he buscado si lo ha dicho en algún lado. Prefiero no saberlo nunca. Quiero que se quede así, sin desvelar, para no exponer todos sus deseos, miedos, anhelos y demonios. Prefiero quedarme con los mensajes universales y no rebasar su intimidad, porque como digo, respeto mucho a la poesía y a sus autores. Sobre todo si no son figuras mitificadas como podría ser un Bécquer o un Ángel González (cuando lo escribió, no lo era). Para que me entendáis, leer esto es como verla desnuda pero acercarse demasiado y concretizar sus poemas en momentos de su vida sería como violarla.

Ese es el estilo de la Gata. Es etérea. Un ser místico que viene de un paraje exótico, un rayo de luna que aparece y desaparece a capricho. Si la cazas, se elimina toda su esencia, se vuelve mundana y pierde su luz particular. Cuando leí entendí que en realidad solo era una chica más, vulnerable, que intentaba sobrevivir en el mundo y perseguir algún destello de felicidad que para ella eran las letras con ritmo y música.

No la puedo culpar por decir que no descartaba fichar con una multinacional. Lo entiendo. Ella era consciente de lo que había, de que no podía emprender una cruzada sola, de que su única arma eran las palabras y ya llevaba mucho tiempo luchando. No era estúpida. No lo era para decir que la vida es bella pero tampoco para renegar de algún rastrojo de placer. Aunque todo me dice que al final, era incapaz de coger esto último si no hacía algo con lo primero.

Sus mensajes eran agresivos pero nunca negativos. Tampoco infantiles o excesivamente irreales. Eran crudos pero no incitaban al odio. Es lo que pasa con esta poesía, lo mismo. El tema es que me da la impresión de que lo que se encuentra en La escala de Mohs son los pensamientos que la llevan a decidir cómo hacer su música. Como si la poesía para ella fueran los pilares que sostenían las canciones. Ella era distinta, ni mejor ni peor.

¿Ha reaccionado la gente a sus letras? Creo que no. Creo que solo la han reconocido como artista, pero Gata Cattana no es Pablo Hasél, quien también escribe para no presentarse con un fusil. Una está muerta y el otro en la cárcel, vaya qué cosas tiene la vida. Ellos producen y los demás deciden qué hacer con ello. Es lo que tiene el arte, que cuando la publicamos, perdemos parte del control que tenemos sobre ella. Por eso me incomoda la poesía, porque es demasiado subjetiva como para que la cojamos y la interpretemos sin permiso como nos venga en gana.

Gata Cattana iba a su bola. Hacía lo que le pedía el cuerpo para sobrevivir un día más y todos nosotros tenemos la suerte de observar la belleza de su agonía porque además era una mujer culta y capacitada para saber vestir con unos ropajes preciosos sus ideas. La escala de Mohs es admirar el talento de alguien que podía crear a costa de su desesperación, de su nostalgia, de sus miedos, de su frustración. No tengo nada más que decir porque no quiero ser repetitiva en las ideas.

Leedlo y veréis lo que es tener talento para escribir y elegir las palabras adecuadas en el momento adecuado. Gata Cattana era un mew shiny y gracias a que le dio por compartir su arte con el mundo, no nos la hemos perdido. Ella sacrificó parte de su autonomía por su familia, su pueblo y las pocas personas justas que quedan en el mundo. A veces me da envidia sana que pueda hablar de las cosas que habla sin acudir a la violencia o tener ganas de matar a alguien.

Os dejo uno de mis favoritos (aunque lo son todos), ya me contáis.

Estoy buscándola,
la metáfora,
pero sé donde está,
sé muy bien
donde se esconde
la hija de puta

La estoy buscando pero
no pienso ir a por ella,
que venga ella si quiere.
Que seguro que quiere.

Seguro que viene vestida
de otras a venderme motos
y becerros dorados,
a ofrecerme harenes babilónicos
y banquetes romanos
y lápidas de mármol en Poblenou,
como hace siempre.

Ojalá tuviera una musa normal,
como las demás,
una belleza armónica,
un canto a la esperanza.
Pero la mía no,
la mía nunca,
la mía insurgente y talibana
de “el verso o la vida”
“el discurso o la vida”
“el partido o la vida”
que así nunca llegarás
ningún sitio,
(viva al menos)
será mejor que la mates
me dicen todos.

¡Vaya dúo!
La escritora incendiaria
de los ojos de bengalas
y la musa de los achaques histéricos
el par de dos,
el hambre y las ganas de comer
sin ganas.
La gente me lo murmura:
te acabará devorando.

Y es cierto, tampoco soy ciega,
veo y asumo que me devora
paulatinamente y me dejo deshacer
en ese proceso dulce y onírico,
me dejo desaparecer bajo su mandato
y ya no sé ni cuándo habla ella
ni cuando hablo yo,
si es que no hablamos a la vez
y nos declaramos la guerra
y recogemos la víctimas
que se quedan esparcidas
por toda mi cabeza.

Tengo que deshacerme de ella.
Lo tengo ya escrito:
“El verso o la vida”
“El verso o la vida”
Elegí la vida my darling.

Elegí la vida y también elegí el arma,
me dolerá más que a ella la pérdida.
Le acabaré construyendo un panteón en Poblenou.

La primera edición autopublicada fue una tirada de doscientos ejemplares que por supuesto ya están por más de 40 euros de segunda mano. Porque aquí nos lucramos hasta de la muerte. Se ha reeditado porque taca-tá con el talón que todo el mundo ama a la Gata y aquí huele a dinero. En cualquier sitio está online por 13 euros.

Ahora, yo no lo he comprado porque me parece un insulto a lo que ella promovía y lo que el rap promueve el beneficiar a las multinacionales y el sistema comprando un libro hablando de cambiar ese sistema. Gata Cattana siempre había hecho todo ella por su cuenta, verla en una librería de grandes almacenes me pone de mala leche. Es un oximorón ridículo y la cultura de masas y Covadonga se llevan muy pero que muy mal. Somos viejas conocidas ya, hay pocas probabilidades de que congeniemos. Si sois como yo, me limito a decir que si quieres leerlo, lo puedes leer, como lo leí yo. Alguien que estuvo implicado en esa primera edición nos lo ha puesto muy fácil.

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