Los dos filos de «La espada del destino»

Un brujo caza monstruos a cambio de una módica —bueno, vale, no tan módica— cantidad de dinero. Un brujo no hace preguntas, solo blande la espada. Un brujo no siente nada, para bien o para mal; con el fin de facilitarse el trabajo. Luego está Geralt. Que a los dragones no los toca por código de honor, que sabe qué especies de monstruos están en peligro de extinción, que obliga a reyes a dejar tranquilas a las civilizaciones que viven bajo el mar y que después de hacer un juramento y comprometerse con el destino, se niega a llevarse al hijo inesperado.

Pero el destino es una espada y tiene dos filos y uno es la muerte.

Eso es lo que aprende Geralt de Rivia durante la segunda entrega de su saga. También que una mujer le puede romper el corazón, aunque los humanos le traten como si careciera de uno.

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Andrzej Sapkowski escribió La espada del destino un año antes que El último deseo, aunque si se ordena de forma cronológica la saga,  el primero sería el segundo libro y viceversa, lo que él no considera una historia como tal, sino una antología de cuentos en un mundo fantástico con la base de la mitología polaca y los mismos personajes.

Si se tiene esto en cuenta, se puede ver perfectamente cómo el escritor fue desarrollando la historia de un brujo, dotándola de personalidad, concretizando, encajando piezas para que las antologías de la vida y miseria de Geralt de Rivia, quien ni siquiera es de Rivia —¿Temeria, presumo?— se termine convirtiendo en la aventura de Geralt de Rivia. Sapkowski no necesita jurar que trabajó a los tres personajes principales (Geralt, Ciri y Yennefer), porque es algo que se ve y se nota a medida que uno pasa páginas. ¿Y hay algo más placentero que disfrutar de un trabajo completo, fresco y bien hecho? Para mí, nada.

Pero no hace falta ponerse tan analíticos para poder apreciar las virtudes la saga. Cada cuento es único. Cada cuento nos muestra una faceta de Geralt, siempre condicionada por la profunda huella que Yennefer le dejó después de abandonarle —otra vez—. Porque hasta que no lleguéis al tercer videojuego, no tendréis la oportunidad de convencer a la hechicera de que se puede forjar su propio destino al lado del brujo.

Sí. Mata monstruos y se enfrenta a la muerte en cada historia, pero eso no hace que se le despoje de una complejidad emocional y psicológica que ni los humanos, ni él mismo entiende. Solo Jaskier, que es poeta y lo ha adoptado como su mayor musa.

En cada relato se descubre una nueva arista del brujo, no independiente, sino conducida por el mismo hilo. Existe una continuidad narrativa clara y directa, que impide que nos perdamos en todos los entramados y que además, está tan bien hecha que encaja como segunda parte aunque fuera escrito como la primera.

No le faltan tintes éticos al libro. ¿Quiénes son malvados? ¿Por qué siguen los humanos disputándose las fronteras de Brokilón? Geralt no se casa con nadie, porque como muy bien supieron resumir en el videojuego —épica cinemática la suya—: «si tiene que elegir entre el mal o el menos mal, prefiere no escoger ningún mal». Es un personaje tan carismático que las historias se disfrutan aunque no cobre ninguna trascendencia más que conocerlo para que cuando lleguen los momentos de verdadera importancia, no dudemos de él y le entendamos.

Pero si es tan fácil de seguir también es por la forma de narrar que tiene el autor. Es una maravilla. Siempre lo digo. Es ligero pero no simple, es divertido, es realista. Aunque en lo que sí me tengo que detener es que la traducción no me gusta. Hay demasiados adverbios y mente y gerundios innecesarios que le restan fluidez y ritmo. No apruebo al traductor, pero al margen de eso:

Porque Sapkowski lleva el realismo medieval a otro nivel, se aleja de las fórmulas prefabricadas que otros autores toman de autores anteriores a ellos —que en ningún momento esto es una crítica—. Se agradece que a pesar de mantener muchos elementos en común se distancia y haya tenido la capacidad de pensar que las mujeres no se encerraban en las casas de los campesinos a hornear pan y parir hijos —no todas.

Que también habría hechiceras, elfas, dríades, nobles, herboristas, brujas, reinas, niñas importantes en la sociedad. Que lo normal es que vayan a burdeles, que especulen con la guerra, que sean mal hablados y no se ajusten a los protocolos de palacio en una taberna de mala muerte; que incluso los reyes se ponen una guirnalda de flores una vez al año y se emborrachan como seres humanos normales. Que el sarcasmo no es una invención del siglo XX.

Está tan en su justa medida y es tan realista que a pesar de que Geralt y Yennefer entienden la poligamia y el amor sin compromisos de la forma más natural posible, esta le aconseja a que se espere a llevarse a la cama a alguna mujer cuando estén tan borrachas que no les importe que los ojos del brujo sean amarillos. No hay ningún machismo fuera de la historia, solo el que procede, el normal en ese contexto. Es una historia honesta, sin pretensiones, como acostumbra.

Un saludo a Vespula. Vespula nos representa cuando grita desde el balcón que para los aires que se da Jaskier, no es tan bueno en la cama como dicen.

Más allá de eso, de toda la parte divertida y de amoríos, idas y venidas por las tabernas y episodios con monstruos que no terminan en desgracia, se entreveen las causas de los futuros acontecimiento. La guerra con Nilfgaard ya ha estallado y Cintra ha quedado desolada. Ciri se ha convertido en inesperada por segunda vez y Geralt ha entendido que no puede escapar del destino por mucho que lo intente.

Este libro le procede La sangre de los elfos, lo que se considera ya como el principio de la historia que forma la espina dorsal de la aventura de Geralt con este arco argumental y lo único que hemos hecho leyendo estos dos anteriores es acostumbrarnos a llevar a Geralt de compañero de viaje, para poder prestar atención a lo verdaderamente importante en las páginas venideras.

Como siempre, todo un placer leer esta saga. Una de las pocas que no te grita pereza.

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