Murakami, el Tarantino de la literatura: «Escucha la canción del viento» y «Pinball 1973»

Voy a ser sincera: estoy harta de reseñar a Murakami.

Le amo. Pero no tengo fuerzas para escribir otra reseña más sobre sus libros por el momento.

Como sabía que esto iba a pasar, dejé el más fácil para el «final». Final porque reservo 1Q84 para dentro de unos cuantos meses. Aún no he encontrado sustituto y necesito reservarlo hasta que deje de estar huérfana literaria.

En cualquier caso, Escucha la canción del viento Pinball 1973 son las dos novelas cortas con las que comenzó su carrera como escritor. Su primera toma de contacto con la Literatura. Y tras leer esto y conocer el resto de sus obras, lo único que puedo deciros es que para mí, Murakami es el Tarantino de las palabras.

Sin formación alguna destacó por encima de la mayoría. Cuando hay talento, hay talento. Punto.

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«Baila, baila, baila»: La segundas partes nunca fueron buenas a menos que seas Murakami

Llevo tantos días postergando esta reseña que tengo miedo de haberme olvidado de lo que leí. Demasiadas cosas a la vez que contar y a la par, nada. Muy en la línea de Murakami, ahora que lo pienso. En cualquier caso, lo que sí os puedo decir es que el tipo sabe cómo hacer continuaciones. Al menos en este caso.

No me he leído aún (al día que haya escrito esto) 1Q84, que es una trilogía, ni La muerte del comendador que son dos libros. De hecho, son los que me faltan para haber terminado con toda sus novelas y estoy retrasando el momento para no quedarme huérfana literaria, pero por el momento, os digo, y ya rectificaré si se da el caso, que Baila, baila, baila es la continuación que todos necesitábamos para La caza del carnero salvaje.

Mientras que el anterior es más realista mágico, este es más realista, a secas. Aunque por supuesto hay toques, reminiscencias de esa magia que evoca al pasado del protagonista. Gracias a eso puedo deciros que los leáis en el orden que os dé la gana, no se altera el producto, como dicen. Porque en este caso, ni él mismo sabe lo que busca, aunque está seguro de que busca algo.

La búsqueda del carnero le ha dejado resacoso y muchos años después, el protagonista sin nombre siente que tiene que volver a Sapporo, al Hotel Delfín, porque hay una mujer que llora por él y necesita reunirse con ella. Así que como está acostumbrado, deja su trabajo y allá que va.

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Un indispensable del Realismo Mágico: «La caza del carnero salvaje»

Este no es la primera novela de Murakami (dicho puesto es para Escucha la canción del viento), pero sí diría que es con la que empezó a destacar y en realidad, también podría decirse que se puede tomar como una pseudo-primera novela porque los personajes de Escucha la canción del viento aparecen en La caza del carnero salvaje. 

Aquí empieza todo para Murakami. A partir de ahí, hará obras comerciales para no morirse de hambre y poder costearse hacer novelas surrealistas y de realismo mágico. Aunque casi todas tienen esos toques, La caza del carnero salvaje es la que más se ajusta a la definición de realismo mágico. Es un gran representante del género.

Aquí, el protagonista, que no tiene nombre y eso me encanta, se ve implicado en una intriga casi política de la ultraderecha japonesa y sin comérselo ni bebérselo, le obligan a buscar a un carnero que parece que no existe. Los que le dan el encargo les da igual eso. Solo contemplan una posibilidad: o lo encuentra o no lo encuentra. Así que más le vale que sí sea real y no un error fotográfico.

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¿Es «Los años de peregrinación del chico sin color» de los pocos libros juveniles de calidad?

Si uno coge la bibliografía de Haruki Murakami y ordena cronológicamente sus obras, se puede dar cuenta al momento de que sigue un patrón muy evidente (porque él ama los patrones y la rutina): suda y trabaja en un libro trascendental, en una novela redonda y después, escribe algo facilito, como un «descanso» después de haber sido exprimido. ¿Será ese su secreto? El intercalar. 

No lo sé, pero tras escribir El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas en 1985, hizo Tokyo Blues (Norwegian Wood) en 1987. En 1988 Baila, baila, baila y en el 92 Al sur de la frontera, al oeste del sol. Sputnik, mi amor, de 1999, salió cuatro años después de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Entonces, escribe Kafka en la orilla, un libro que aspira al Nobel (y todos creíamos que se lo iba a llevar, igual que pensamos en Mishima que ya había hecho hasta una fiesta) y After Dark, no comparable con el anterior, pero tampoco digno de añadirlo a la lista de sus obras sencillas y luego, se atreve con la trilogía de 1Q84. ¿Qué pasa? ¿Murakami estaba en una racha? 

Pues no lo sé, pero después de llevarse tan al límite (bien es cierto que es su especialidad, tanto mental como físicamente), apareció Los años de peregrinación del chico sin color, su segundo libro más reciente tras la escritura de La muerte del comendador, y uno, solo con ver la sinopsis y la longitud, ya empieza a sospechar que nos encontramos aquí ante otra obra de como yo llamo: «salseo que mueve el mundo». ¿Nos equivocamos? Sí y no.

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La esencia de Murakami comprimida en «After Dark»

Otro de los libros con los que se relaciona al momento el nombre de Haruki Murakami es After Dark. Suscita opiniones de toda índole: algunos lo aman, otros lo odian; muchos empiezan a conocer al autor con él y desde luego, si no llegas prevenido o no sabes por dónde van los tiros, puede que el final te deje bastante descolocado.

En cualquier caso, After Dark es una novela que engaña mucho: puede parecer corta y rápida de leer, pero se puede extender todo cuanto se quiere, porque se pueden leer las veces que se quiera. En cada relectura se descubrirá una cosa nueva; se analizará otro matiz. Porque de eso va la historia: de descubrir lo que sucede en las esquinas más oscuras de Tokio durante la noche.

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«El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas» o el resumen del fantasma de Murakami

Hay una cosa que odio con toda mi alma en la Literatura: los cambios de perspectiva. Aun admitiendo que es gusto personal, en muy pocas ocasiones soy capaz de leer una historia que tenga cambios de perspectiva. Me siento cómoda con la narración en tercera persona, a pesar de que no hago ascos a la primera.

La cuestión es que desconfío mucho de las primeras personas subjetivas. Quizás la culpa la tengan los libros juveniles que abusan tanto de esta fórmula. En cualquier caso, las tramas paralelas se las dejo al cine, porque me parece más acertadas para este formato. Entonces, llega Murakami con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas y me invita a que coja mis palabras y me las trague una a una. Por que sí: tal y como había dicho, el problema no son las técnicas, el problema son los autores que no saben usarlas. Aunque he de decir en mi defensa que Murakami es una persona a la que le apasiona el cine.

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«Toky Blues (Norwegian Wood)»: cómodo y rentable

Tokyo Blues (Norwegian Blues) es el libro por excelencia de Murakami, con el que se le conoce más allá de Asia y por supuesto, ya se ha consolidado como una obra de culto no solo en cuanto a bibliografía del autor, sino en general, de la literatura asiática. La historia de Toru Watanabe tiene incluso una película. Como no podía ser de otra forma, es el primer libro que leí del autor.

En su día, me gustó muchísimo. Claro que todavía no había descubierto que era un autor que escribía mis dos géneros predilectos: realismo mágico y surrealismo. Cuando empecé a descubrir la verdadera faceta de Murakami, Tokyo Blues se desborró poco a poco de mi memoria. 

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«Al sur de la frontera, al oeste del sol»: la historia de amor donde gana la razón

Lo que le gusta a Murakami lo sabemos todos ya, no es un secreto para nadie que se haya leído más de dos obras de este autor. Si alguno de sus lectores disfruta en especial cuando llega el momento «ambientación» en los libros y habla de música o de los años setenta en una mirada al pasado, Al sur de la frontera, al oeste del sol es una historia que con casi toda probabilidad le gustará.

Después de escribir varias obras más significativas, parece que este título es el de una novela de «descanso». Sin perder la calidad, ni su firma, ni sus procedimientos, ni el personaje más normal que puede vivir en Japón, Murakami cuenta aquí una historia sobre las relaciones personales con sencillez y la habilidad de siempre.

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