La lengua y el lenguaje al servicio de los insultos, el Posmodernismo y «La sangre de los elfos»

En verdad os digo que se acerca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta salvaje. Se acerca el Tiempo del Invierno Blanco y de la Luz Blanca. El Tiempo de la Locura y el Tiempo del Odio, el Tiempo del Fin. El mundo morirá entre escarcha y resucitará de nuevo junto el nuevo sol. Resucitará de entre la Antigua Sangre, de Hen Ichaer, la semilla sembrada. De la semilla que no germina sino que estalla en llamas. ¡Así será! ¡Contemplad las señales! Qué señales sean, yo os diré: primero se derramará sobre la tierra la sangre de los Aen Seidhe, la Sangre de los Elfos.

Aquí tenemos el punto de partida de la verdadera historia de la saga de Geralt de Rivia. De la principal, la que genera otras pequeñas historias de las que disfrutar. Una profecía. Hay quienes dicen que las peores historias de fantasía empiezan con el cliché de la profecía hablando sobre un elegido, porque es hacer spoiler de lo que va a pasar (véase The Legend of Zelda).

¿Qué pasa en este caso? Que ni el protagonista es el sujeto del que hablan en la profecía, ni en los libros se sabe cómo va a terminar eso (te toca ir a los videojuegos y es cosa tuya si se cumple o no), porque es solo eso, una profecía donde se habla sobre lo que están haciendo los humanos: masacrar a los «inhumanos» «no-humanos», es decir, todos aquellas criaturas que no comparten especie con ellos con sentido del raciocinio.

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En el tercer libro (siguiendo el orden de publicación de la editorial) de la saga de Geralt de Rivia lo que hacen es coger un punto central de esa profecía, que es la sangre derramada de los elfos y se construye todo lo demás a su alrededor: ¿a qué hace referencia a esa sangre? ¿qué implica el conflicto? ¿en qué afecta al personaje protagonista? La profecía es tan solo un cimiento que sostiene la trama, ni siquiera el detonante. La presentación, el previo, el recordatorio.

Lo verdaderamente importante aquí es todo lo que hace Geralt por proteger a Ciri.

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«El último deseo» de la fantasía del siglo XXI cumplido

Andrzej Sapkowski es, para mí, el autor referencial cuando pienso en un tipo de novela que no busca ser pesada, demasiado trascendental o aspirar a ser el premio Nobel. La saga de Geralt de Rivia es la saga referencial cuando pienso que quiero leer algo por puro ocio, para entretenerme, pasar un buen rato, desconectar. Porque en este caso, el adjetivo entretenido no es ningún eufemismo de nada, sino una gran verdad: así es como son los libros de calidad.

El último deseo es la primera entrega de las historias del brujo. Una toma de contacto con el mundo de fantasía basado en la mitología polaca y una presentación de quién es Geralt de Rivia, más que importante para entender sus acciones en novelas venideras. Algo de tan gran calibre como la historia de la guerra con Nilfgaard, el nacimiento de Ciri, los conflictos entre scoia’tael y humanos y la aparición de la Cacería Salvaje necesita unos preliminares gentiles que sumerjan al lector poco a poco en el despiadado mundo medieval de Sapkowski para no fusilar con información durante las primeras cincuenta páginas y saturar nuestros cerebros.

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