El egocentrismo de «El nombre del viento»

«Personajes brillantes y sólidos bien construidos»

«Mundo lleno de detalles que en ningún momento se hace aburrido»

«Estilo sencillo y cercano»

«No es la típica novela fantástica con búsqueda sin sentido y un dramatismo exagerado»

«No es la típica novela fantástica»

«Aventura inmensamente original»

«Inmensamente original»

«No es la típica novela fantástica»

«Típica novela fantástica»

«Típica novela…»

«Típica…»

No. Estas no son las opiniones de niños de doce años que no han tocado un libro en su vida más allá de Pedro Páramo porque les obligó su profesora de Lengua en el instituto —dije esta porque es la que me «obligaron» a leer a mí, no sé cuáles son las lecturas obligatorias de este año—. Estas son las opiniones de críticos y periodistas de medios de comunicación de «renombre», españoles y norteamericanos sobre el libro más sobrevalorado de la Historia posmoderna: El nombre del viento.

¿Mi teoría?

Que están más sobornados que Zaplana.

El nombre del viento es un libro mediocre que ha sido catapultado gracias a toda la basura literaria que se ha acumulado en el mercado. Cuando no conocemos la fuente, solo nos queda lamer del charco suelen decir y eso es lo que hacen los lectores en la actualidad: lamer del charco porque no saben ir más allá y contentarse con algo mediocre porque no han indagado en verdadera literatura.

Escribir puede todo el mundo. Contar historias es otro asunto. Y tiene gracia que la trama principal de este libro sea el contar cómo Cuouz, que no se nos olvide cómo se pronuncia, a ver, señores, que somos lerdos (Rothfuss no conocía el trap cuando hizo esta aclaración) se convirtió en una leyenda andante. Obvio.

PORQUE NO ES UNA TÍPICA HISTORIA DE FANTASÍA. QUE OS QUEDE CLARO.

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