La lengua y el lenguaje al servicio de los insultos, el Posmodernismo y «La sangre de los elfos»

En verdad os digo que se acerca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta salvaje. Se acerca el Tiempo del Invierno Blanco y de la Luz Blanca. El Tiempo de la Locura y el Tiempo del Odio, el Tiempo del Fin. El mundo morirá entre escarcha y resucitará de nuevo junto el nuevo sol. Resucitará de entre la Antigua Sangre, de Hen Ichaer, la semilla sembrada. De la semilla que no germina sino que estalla en llamas. ¡Así será! ¡Contemplad las señales! Qué señales sean, yo os diré: primero se derramará sobre la tierra la sangre de los Aen Seidhe, la Sangre de los Elfos.

Aquí tenemos el punto de partida de la verdadera historia de la saga de Geralt de Rivia. De la principal, la que genera otras pequeñas historias de las que disfrutar. Una profecía. Hay quienes dicen que las peores historias de fantasía empiezan con el cliché de la profecía hablando sobre un elegido, porque es hacer spoiler de lo que va a pasar (véase The Legend of Zelda).

¿Qué pasa en este caso? Que ni el protagonista es el sujeto del que hablan en la profecía, ni en los libros se sabe cómo va a terminar eso (te toca ir a los videojuegos y es cosa tuya si se cumple o no), porque es solo eso, una profecía donde se habla sobre lo que están haciendo los humanos: masacrar a los «inhumanos» «no-humanos», es decir, todos aquellas criaturas que no comparten especie con ellos con sentido del raciocinio.

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En el tercer libro (siguiendo el orden de publicación de la editorial) de la saga de Geralt de Rivia lo que hacen es coger un punto central de esa profecía, que es la sangre derramada de los elfos y se construye todo lo demás a su alrededor: ¿a qué hace referencia a esa sangre? ¿qué implica el conflicto? ¿en qué afecta al personaje protagonista? La profecía es tan solo un cimiento que sostiene la trama, ni siquiera el detonante. La presentación, el previo, el recordatorio.

Lo verdaderamente importante aquí es todo lo que hace Geralt por proteger a Ciri.

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Los dos filos de «La espada del destino»

Un brujo caza monstruos a cambio de una módica —bueno, vale, no tan módica— cantidad de dinero. Un brujo no hace preguntas, solo blande la espada. Un brujo no siente nada, para bien o para mal; con el fin de facilitarse el trabajo. Luego está Geralt. Que a los dragones no los toca por código de honor, que sabe qué especies de monstruos están en peligro de extinción, que obliga a reyes a dejar tranquilas a las civilizaciones que viven bajo el mar y que después de hacer un juramento y comprometerse con el destino, se niega a llevarse al hijo inesperado.

Pero el destino es una espada y tiene dos filos y uno es la muerte.

Eso es lo que aprende Geralt de Rivia durante la segunda entrega de su saga. También que una mujer le puede romper el corazón, aunque los humanos le traten como si careciera de uno.

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Andrzej Sapkowski escribió La espada del destino un año antes que El último deseo, aunque si se ordena de forma cronológica la saga,  el primero sería el segundo libro y viceversa, lo que él no considera una historia como tal, sino una antología de cuentos en un mundo fantástico con la base de la mitología polaca y los mismos personajes.

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