La lengua y el lenguaje al servicio de los insultos, el Posmodernismo y «La sangre de los elfos»

En verdad os digo que se acerca el tiempo de la espada y el hacha, la época de la tormenta salvaje. Se acerca el Tiempo del Invierno Blanco y de la Luz Blanca. El Tiempo de la Locura y el Tiempo del Odio, el Tiempo del Fin. El mundo morirá entre escarcha y resucitará de nuevo junto el nuevo sol. Resucitará de entre la Antigua Sangre, de Hen Ichaer, la semilla sembrada. De la semilla que no germina sino que estalla en llamas. ¡Así será! ¡Contemplad las señales! Qué señales sean, yo os diré: primero se derramará sobre la tierra la sangre de los Aen Seidhe, la Sangre de los Elfos.

Aquí tenemos el punto de partida de la verdadera historia de la saga de Geralt de Rivia. De la principal, la que genera otras pequeñas historias de las que disfrutar. Una profecía. Hay quienes dicen que las peores historias de fantasía empiezan con el cliché de la profecía hablando sobre un elegido, porque es hacer spoiler de lo que va a pasar (véase The Legend of Zelda).

¿Qué pasa en este caso? Que ni el protagonista es el sujeto del que hablan en la profecía, ni en los libros se sabe cómo va a terminar eso (te toca ir a los videojuegos y es cosa tuya si se cumple o no), porque es solo eso, una profecía donde se habla sobre lo que están haciendo los humanos: masacrar a los «inhumanos» «no-humanos», es decir, todos aquellas criaturas que no comparten especie con ellos con sentido del raciocinio.

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En el tercer libro (siguiendo el orden de publicación de la editorial) de la saga de Geralt de Rivia lo que hacen es coger un punto central de esa profecía, que es la sangre derramada de los elfos y se construye todo lo demás a su alrededor: ¿a qué hace referencia a esa sangre? ¿qué implica el conflicto? ¿en qué afecta al personaje protagonista? La profecía es tan solo un cimiento que sostiene la trama, ni siquiera el detonante. La presentación, el previo, el recordatorio.

Lo verdaderamente importante aquí es todo lo que hace Geralt por proteger a Ciri.

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Los ojos de la gata en «La escala de Mohs»

La poesía y yo tenemos una relación complicada. No es que no me guste. Es que la respeto tanto que prefiero no acercarme a ella porque siento que le quedo pequeña, en primer lugar y en segundo porque para mí, la poesía no nace para ser publicada, sino para guardarla en un cajón. Esto, por supuesto, es mi percepción subjetiva porque no hay nada más subjetivo que la poesía, que viene de otro universo paralelo.

De vez en cuando, hago pequeñas incursiones al género, porque me gusta mucho, pero solo si la disfruto en soledad, oscuridad y silencio, porque a la par que me fascina, me incomoda. Me incomoda porque me siento una intrusa en la mente de una persona que no conozco físicamente y me resulta incluso violento violar la intimidad de alguien de esa manera. Sobre todo con la poesía contemporánea.

Me ha pasado unas cuantas veces pero esa sensación de ser una intrusa en una habitación privada que no debería curiosear nada de lo que encuentra a su paso y mucho menos tocarlo no me había golpeado con tanta fuerza como me ha pasado cuando empecé a leer La escala de Mohs de Ana Isabel García Llorente.

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Los dos filos de «La espada del destino»

Un brujo caza monstruos a cambio de una módica —bueno, vale, no tan módica— cantidad de dinero. Un brujo no hace preguntas, solo blande la espada. Un brujo no siente nada, para bien o para mal; con el fin de facilitarse el trabajo. Luego está Geralt. Que a los dragones no los toca por código de honor, que sabe qué especies de monstruos están en peligro de extinción, que obliga a reyes a dejar tranquilas a las civilizaciones que viven bajo el mar y que después de hacer un juramento y comprometerse con el destino, se niega a llevarse al hijo inesperado.

Pero el destino es una espada y tiene dos filos y uno es la muerte.

Eso es lo que aprende Geralt de Rivia durante la segunda entrega de su saga. También que una mujer le puede romper el corazón, aunque los humanos le traten como si careciera de uno.

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Andrzej Sapkowski escribió La espada del destino un año antes que El último deseo, aunque si se ordena de forma cronológica la saga,  el primero sería el segundo libro y viceversa, lo que él no considera una historia como tal, sino una antología de cuentos en un mundo fantástico con la base de la mitología polaca y los mismos personajes.

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El egocentrismo de «El nombre del viento»

«Personajes brillantes y sólidos bien construidos»

«Mundo lleno de detalles que en ningún momento se hace aburrido»

«Estilo sencillo y cercano»

«No es la típica novela fantástica con búsqueda sin sentido y un dramatismo exagerado»

«No es la típica novela fantástica»

«Aventura inmensamente original»

«Inmensamente original»

«No es la típica novela fantástica»

«Típica novela fantástica»

«Típica novela…»

«Típica…»

No. Estas no son las opiniones de niños de doce años que no han tocado un libro en su vida más allá de Pedro Páramo porque les obligó su profesora de Lengua en el instituto —dije esta porque es la que me «obligaron» a leer a mí, no sé cuáles son las lecturas obligatorias de este año—. Estas son las opiniones de críticos y periodistas de medios de comunicación de «renombre», españoles y norteamericanos sobre el libro más sobrevalorado de la Historia posmoderna: El nombre del viento.

¿Mi teoría?

Que están más sobornados que Zaplana.

El nombre del viento es un libro mediocre que ha sido catapultado gracias a toda la basura literaria que se ha acumulado en el mercado. Cuando no conocemos la fuente, solo nos queda lamer del charco suelen decir y eso es lo que hacen los lectores en la actualidad: lamer del charco porque no saben ir más allá y contentarse con algo mediocre porque no han indagado en verdadera literatura.

Escribir puede todo el mundo. Contar historias es otro asunto. Y tiene gracia que la trama principal de este libro sea el contar cómo Cuouz, que no se nos olvide cómo se pronuncia, a ver, señores, que somos lerdos (Rothfuss no conocía el trap cuando hizo esta aclaración) se convirtió en una leyenda andante. Obvio.

PORQUE NO ES UNA TÍPICA HISTORIA DE FANTASÍA. QUE OS QUEDE CLARO.

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Murakami, el Tarantino de la literatura: «Escucha la canción del viento» y «Pinball 1973»

Voy a ser sincera: estoy harta de reseñar a Murakami.

Le amo. Pero no tengo fuerzas para escribir otra reseña más sobre sus libros por el momento.

Como sabía que esto iba a pasar, dejé el más fácil para el «final». Final porque reservo 1Q84 para dentro de unos cuantos meses. Aún no he encontrado sustituto y necesito reservarlo hasta que deje de estar huérfana literaria.

En cualquier caso, Escucha la canción del viento Pinball 1973 son las dos novelas cortas con las que comenzó su carrera como escritor. Su primera toma de contacto con la Literatura. Y tras leer esto y conocer el resto de sus obras, lo único que puedo deciros es que para mí, Murakami es el Tarantino de las palabras.

Sin formación alguna destacó por encima de la mayoría. Cuando hay talento, hay talento. Punto.

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«Baila, baila, baila»: La segundas partes nunca fueron buenas a menos que seas Murakami

Llevo tantos días postergando esta reseña que tengo miedo de haberme olvidado de lo que leí. Demasiadas cosas a la vez que contar y a la par, nada. Muy en la línea de Murakami, ahora que lo pienso. En cualquier caso, lo que sí os puedo decir es que el tipo sabe cómo hacer continuaciones. Al menos en este caso.

No me he leído aún (al día que haya escrito esto) 1Q84, que es una trilogía, ni La muerte del comendador que son dos libros. De hecho, son los que me faltan para haber terminado con toda sus novelas y estoy retrasando el momento para no quedarme huérfana literaria, pero por el momento, os digo, y ya rectificaré si se da el caso, que Baila, baila, baila es la continuación que todos necesitábamos para La caza del carnero salvaje.

Mientras que el anterior es más realista mágico, este es más realista, a secas. Aunque por supuesto hay toques, reminiscencias de esa magia que evoca al pasado del protagonista. Gracias a eso puedo deciros que los leáis en el orden que os dé la gana, no se altera el producto, como dicen. Porque en este caso, ni él mismo sabe lo que busca, aunque está seguro de que busca algo.

La búsqueda del carnero le ha dejado resacoso y muchos años después, el protagonista sin nombre siente que tiene que volver a Sapporo, al Hotel Delfín, porque hay una mujer que llora por él y necesita reunirse con ella. Así que como está acostumbrado, deja su trabajo y allá que va.

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Un indispensable del Realismo Mágico: «La caza del carnero salvaje»

Este no es la primera novela de Murakami (dicho puesto es para Escucha la canción del viento), pero sí diría que es con la que empezó a destacar y en realidad, también podría decirse que se puede tomar como una pseudo-primera novela porque los personajes de Escucha la canción del viento aparecen en La caza del carnero salvaje. 

Aquí empieza todo para Murakami. A partir de ahí, hará obras comerciales para no morirse de hambre y poder costearse hacer novelas surrealistas y de realismo mágico. Aunque casi todas tienen esos toques, La caza del carnero salvaje es la que más se ajusta a la definición de realismo mágico. Es un gran representante del género.

Aquí, el protagonista, que no tiene nombre y eso me encanta, se ve implicado en una intriga casi política de la ultraderecha japonesa y sin comérselo ni bebérselo, le obligan a buscar a un carnero que parece que no existe. Los que le dan el encargo les da igual eso. Solo contemplan una posibilidad: o lo encuentra o no lo encuentra. Así que más le vale que sí sea real y no un error fotográfico.

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¿Es «Los años de peregrinación del chico sin color» de los pocos libros juveniles de calidad?

Si uno coge la bibliografía de Haruki Murakami y ordena cronológicamente sus obras, se puede dar cuenta al momento de que sigue un patrón muy evidente (porque él ama los patrones y la rutina): suda y trabaja en un libro trascendental, en una novela redonda y después, escribe algo facilito, como un «descanso» después de haber sido exprimido. ¿Será ese su secreto? El intercalar. 

No lo sé, pero tras escribir El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas en 1985, hizo Tokyo Blues (Norwegian Wood) en 1987. En 1988 Baila, baila, baila y en el 92 Al sur de la frontera, al oeste del sol. Sputnik, mi amor, de 1999, salió cuatro años después de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

Entonces, escribe Kafka en la orilla, un libro que aspira al Nobel (y todos creíamos que se lo iba a llevar, igual que pensamos en Mishima que ya había hecho hasta una fiesta) y After Dark, no comparable con el anterior, pero tampoco digno de añadirlo a la lista de sus obras sencillas y luego, se atreve con la trilogía de 1Q84. ¿Qué pasa? ¿Murakami estaba en una racha? 

Pues no lo sé, pero después de llevarse tan al límite (bien es cierto que es su especialidad, tanto mental como físicamente), apareció Los años de peregrinación del chico sin color, su segundo libro más reciente tras la escritura de La muerte del comendador, y uno, solo con ver la sinopsis y la longitud, ya empieza a sospechar que nos encontramos aquí ante otra obra de como yo llamo: «salseo que mueve el mundo». ¿Nos equivocamos? Sí y no.

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La esencia de Murakami comprimida en «After Dark»

Otro de los libros con los que se relaciona al momento el nombre de Haruki Murakami es After Dark. Suscita opiniones de toda índole: algunos lo aman, otros lo odian; muchos empiezan a conocer al autor con él y desde luego, si no llegas prevenido o no sabes por dónde van los tiros, puede que el final te deje bastante descolocado.

En cualquier caso, After Dark es una novela que engaña mucho: puede parecer corta y rápida de leer, pero se puede extender todo cuanto se quiere, porque se pueden leer las veces que se quiera. En cada relectura se descubrirá una cosa nueva; se analizará otro matiz. Porque de eso va la historia: de descubrir lo que sucede en las esquinas más oscuras de Tokio durante la noche.

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«El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas» o el resumen del fantasma de Murakami

Hay una cosa que odio con toda mi alma en la Literatura: los cambios de perspectiva. Aun admitiendo que es gusto personal, en muy pocas ocasiones soy capaz de leer una historia que tenga cambios de perspectiva. Me siento cómoda con la narración en tercera persona, a pesar de que no hago ascos a la primera.

La cuestión es que desconfío mucho de las primeras personas subjetivas. Quizás la culpa la tengan los libros juveniles que abusan tanto de esta fórmula. En cualquier caso, las tramas paralelas se las dejo al cine, porque me parece más acertadas para este formato. Entonces, llega Murakami con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas y me invita a que coja mis palabras y me las trague una a una. Por que sí: tal y como había dicho, el problema no son las técnicas, el problema son los autores que no saben usarlas. Aunque he de decir en mi defensa que Murakami es una persona a la que le apasiona el cine.

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