LOLITA: ODA A LA DISCONFORMIDAD Y LA RESISTENCIA EN EL LIBRO CONTEMPORÁNEO

Vladimir Nabokov escribió muchas novelas, a cada cual mejor pero si ha quedado una para la posteridad, incluida en todas las listas de los libros más relevantes del siglo XX ese es sin duda Lolita, una historia perversa que llamó la atención del propio Kubrick para adaptarla en la pantalla.

Se ha comentado esta obra hasta la saciedad desde el momento en el que se atrevieron a editarla en un momento donde supuso un escándalo que le sirvió para generar controversia y con ello, una publicidad para nada desdeñable que perdura hasta la actualidad. Sobra decir que en Lolita descubrimos a Dolores Haze, una niña que tiene la mala suerte de toparse con un hombre de inclinaciones sexuales inmorales pero muy consciente de las mismas que lucha en todo momento entre dejarse llevar o no por sus pulsiones más oscuras y perversas.

Lo que no me parece que sobra tanto es recordar que Dolores sigue sin ser la protagonista, tal y como nos adelanta Anagrama en la portada con la ilustración de Henn Kim: ella no es más que una herramienta más de esta historia de ficción donde el autor engaña con todas las argucias posibles, entre las que se incluye apelar a los sentimientos del lector. El prólogo de Lolita simula la presentación de otro personaje ficticio que teóricamente encuentra el manuscrito de Humbert después de que este se muera en la cárcel. Así, cuando lo lee cree que ha encontrado una obra de arte literaria y que con independencia del tema que trata o las cosas que dice, debe valorarse en un término estético y formal. Toda una declaración de intenciones por parte de Nabokov que se manifiesta en el epílogo, quisiera pensar que sin ninguna careta y explica que en la época en la que escribió esta novela, la sociedad estadounidense no podía soportar leer sobre matrimonios interraciales felices y ateos longevos.

Ante todo, Lolita es una provocación al país que le acogió después de emigrar de Rusia. Una provocación tan lúcida y afilada que todavía en 2020 lo seguimos tomando como algo personal y somos reacios a separar la ficción de la realidad (aunque esto pase más a menudo de lo que nos gustaría admitir y no solo con una obra del calibre de Lolita). Nabokov defiende que se le ocurrió esta historia y procedió a escribirla con el único fin de crear algo estético y a través de la adecuación a unos formalismos que él mismo creó para su novela y que puede resultar precedente de muchas otras; no olvidemos que además de escritor, también fue crítico literario como podemos comprobar en sus libros Curso de literatura europea y Curso de literatura rusa.

Lolita no es ningún curso pero sí una demostración de la importancia de saber distanciarse de la obra para decidir en qué caso debe hacerlo el lector o no porque lo que vemos no es una pipa, sino el dibujo de una pipa, una representación que para entender debemos observar desde las gradas, tal y como hizo el propio autor mientras escribía la miserable vida de Humbert, quien terminó en la cárcel por Lolita pero no por crímenes sexuales de abuso a menores. Nótese la ironía del asunto para nada casual. Es lo que pasa en los países donde se entiende un arma como bien de primera necesidad.

Vladimir Nabokov supo alejarse lo suficiente de su personaje como para dar con una voz narrativa extremadamente fluida y llena de personalidad; algo que no podría haberse conseguido de no tener establecidos los límites. Tomar por cierto lo que se dice en esta novela, prefacio incluido es cosa del lector y no del autor. Interpretaciones incluidas.

Nos encontramos en Lolita la historia de un hombre errático, atormentado por sus concupiscencias e incapaz de asentarse hasta que no encuentra por casualidad a alguien lo suficientemente ingenuo como para proveerle de las fantasías necesarias para que se instale en un sitio que poder llamar hogar. La sensación de confusión y disconformidad se transmite al lector no solo a través de las palabras del propio Humbert sino de los continuos virajes estilísticos que esta novela da en menos páginas de las que parece.

De lo que parece una autobiografía plagada de egocentrismo y culpa a un diario de vida o una road movie de serie B, casi casi de explotación. El género de la novela cambia según el estado de ánimo del personaje protagonista porque a fin de cuentas, es el libro que él escribe y que Nabokov se limita a transmitirle al lector para que podamos conocer a una persona a la que normalmente la sociedad le da la espalda por su incapacidad para aceptar y admitir que no todo el mundo es de moral excelsa y va más allá de la creencias y filosofías que a los ciudadanos ejemplares les gustaría destacar en su comunidad. En toda sociedad hay un Humbert que no tiene más motivo para hacer el mal que sus propios instintos y su capacidad para huir del establecimiento del contexto moral de su entorno.

Del contexto moral hay mucho que aprender en esta novela cuando siempre se destaca en la creación de historias como un paso indispensable el establecimiento de un espectro donde le dejas claro al lector qué está bien y qué no está bien en tu sociedad de criaturas. No es que Nabokov huya de algo tan inherente en el ser humano como la definición del bien y del mal, más en una sociedad extremadamente meapilas, conservadora y fanática, sino que una vez establecido el corte moral básico y estereotipo gracias a la distancia (volvemos a ello) de provenir de una cultura ajena y contraria como puede ser Rusia, crea a un personaje que ante todas las circunstancias se siente ajeno y trata de escapar de ella para construirse una propia donde sus instintos no le machaquen.

Es el protagonista, Humbert Humbert la estrella principal del relato, escondido tras una falsa modestia al decir que escribe la novela solo para Dolores Haze, ¿pero no es en Dolores donde se define él todo el tiempo? ¿Donde sale a la luz toda su personalidad condicionada por un carácter moral tan sólido como el suyo? Y en la construcción de este personaje al nivel de la psicología se encuentra uno de los mayores atractivos de la novela pero también en los recursos estilísticos y formales con los que provee a la obra. Gracias a sus ocurrencias y el intento de transmitirle al lector sus pensamientos, Nabokov nos regala metáfora, construcciones sintácticas, uso de adjetivos y narrativa sobresaliente. Y mientras nos distrae con todas las idas y venidas emocionales del “pobre” Humbert, nos va dosificando dosis de información reveladora que más adelante llevarán al desenlance y que en ningún momento vemos venir hasta que la propia Lolita no nos lo descubre a la par que al propio Humbert.

Ahí está otra de las grandes decisiones de Nabokov: la tremenda ironía que nos encontramos al pensar que de no ser porque el propio Humbert decide tomar cartas en el asunto, habría salido impune de todos sus delitos sexuales tras condenar a una vida desestructura, disfuncional, de miseria y desigualdad a Dolores Haze. La complicación que el personaje genera nos lleva al desenlace de la historia pero lejos de ser un elemento externo el que cambia la fortuna de Humbert es él llevado por su eterna obsesión por Lolita a quien no deja de “amar” pasen los años que pasen y lo hace de tal forma que es capaz incluso de camelar durante unos segundos a algunos de los lectores. Si desde el libro tenemos el peligro de caer ante sus redes, ¿cómo no iba a hacerlo una niña abandonada en su mala suerte? ¿Quién le iba a reprochar que en un momento de desesperanza absoluta acudiera a la cama de esa araña que extiende con paciencia sus hilos para atrapar a la mariposa en cuanto dé el primer aleteo? ¿Quién puede culpar a la víctima ante semejante demostración de manipulación?

La novela de Lolita no habría sido la misma de no haber protegido la profundidad y autonomía de Dolores Haze y su madre, quienes son herramientas y objetos en la mímesis pero no en la novela. Hay mucho machismo necesario para crear cierta verosimilitud y entender cierto tipo de sociedad pero en ningún momento se le va la mano a Nabokov para hacerlo como propio, aunque no puedo negar que no nos vayamos a encontrar ciertos trazos de hombre de siglo XX heterosexual. Eso es algo inherente al creador y es cuestión totalmente subjetiva si podemos convivir con ello a cambio de leer su obra o no.

Por este mismo motivo también me parece un libro que se presta a la reformulación, la premisa para escribir e indagar sobre Dolores Haze como protagonista. En sus pensamientos y sombras que Humbert dejaba sin rellenar porque no le interesaba otra cosa de la niña que no tuviera que ver con él y su propio placer intelectual o carnal. Luna Miguel lo hace en su libro El funeral de Lolita, uno de mis eternos pendientes, para analizar toda la literatura machista que nació a partir de una mala interpretación de esta novela y que podemos encontrar en otros títulos de cuyo nombre prefiero no acordarme.

Si bien es cierto que pudiera ser una historia densa a ratos, con la que hay que invertir mucha paciencia, no es el tipo de novela de consumo inmediato. Lolita es una obra con la que pasar tiempo, ir despacio y a buena letra no solo para poder apreciar todas sus virtudes (y si se quiere pensar, defectos), sino también la propia historia de Humbert, siendo conscientes de que no todos los personajes en su creación parten de la identificación, técnica sobreexplotada en el libro contemporáneo, sino en que cabe la posibilidad de elegir el distanciamiento, parte de la teoría de la caracterización de los mismos.

Una obra que da la impresión de tener el doble de extensión de la que nos encontramos en sus páginas en parte gracias a la agilidad con la que cambia de convención formal Nabokov y lo bien elegidas que están las palabras para ser la antítesis de la cultura rápida en la industra. Un libro que de hecho nos demuestra que la industria no siempre tiene razón y que una cosa es publicar para vender y otra publicar para contar algo sin que tenga que sea un libro necesario, pues Lolita no es otra cosa más que pura ficción sin ningún tema aparenta que al autor quisiera sacarse de encima. La única pretensión de esta novela es la del entretenimiento y el regodeo estético, un gran representante de todos aquellos que escriben porque se divierten o entretienen sin ningún objetivo más que el que crear algo y sin que eso sea sinónimo de baja calidad.

También es Lolita representante de la resistencia cultural a los agentes y las complejas estadísticas de la mercadotendencia que se creen con la capacidad de decir antes de tiempo si algo debe publicarse o no; la viva imagen de que la transgresión es necesaria y no por ello poco comercial si el autor conoce las reglas mínimas del buen hacer. La antítesis de todos los autores conformistas que escriben lo que los demás quieren leer, lo que no provoca ningún tipo de controversia y pasan por las librerías sin pena ni gloria a cambio de unas cuantas reseñas compradas y un puñado de seguidores en redes sociales que alimenten su sed de aceptación social.

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