Las brujas de Euskal Herria: “Lauburu”

La mejor solución que los hombres poderosos encontraron para reprimir a las mujeres en las zonas rurales del norte de España, con más peso social del que les gustaría fue acusándolas de brujería. La Inquisición tenía ojos en cualquier vecino hambriento y más de cuarenta mujeres perecieron durante las ejecuciones pero pasaron a formar parte de la historia de Euskal Herria. Nahikari Diosdado les hace un homenaje con Lauburu.

Milia, María y Epifanía hicieron un pacto con el diablo en 1600. A partir de entonces, han tenido como seis vidas distintas y en 2019 se dedican a engullir comida y telebasura. Todo parece ir en la relativa calma hasta que la misma cagada que les llevó a ser inmortales les vuelve rebotada siglos después y les estalla en la cara. Tendrán que enfrentarse a sus errores e intentar solucionarlo como las mujeres adultas que son.

No cabe duda que la premisa es más que atractiva. A mí me dicen “brujas vascas lesbianas y pactos satánicos” y yo compro con los ojos cerrados. Y así es que compré sin pensar ni mirar porque me parece que este es el tipo de literatura que hay que apoyar, la que visibiliza minorías y la que abre el abanico de las opciones para incluir nuevos modelajes culturales que estén a la altura de lo que nos merecemos. Pero una cosa es estar de acuerdo con los valores que transmite una historia y otra ignorar deliberadamente algo que no te convence solo porque editorial y autora te caigan bien.

LAUBURU-portada

Con Lauburu hay que saber separar los conceptos porque lo que nos encontramos es una historia desaprovechada que no supo ser relato, caótica y con un desarrollo narrativo escaso y bastante desacertado en cuanto a opinión personal. Quizás también esa impresión se daba al hecho de que la sinopsis que venden te hace generar unas expectativas que no se ven cumplidas ni en el mejor de los sueños, porque no habría esperado nada de la trama del siglo XVII de no haber sido lo primero que se cuenta y por casualidad he visto que no soy la única que lo piensa.

Yo diría que Lauburu tiene exceso de información. Nos encontramos dos líneas temporales y muy pocas páginas. Por si fuera poco, se estiran los diálogos con situaciones irrelevantes e incluso un tanto fantasiosas entorpeciendo el ritmo del relato. Durante todo el tiempo me ha dado la impresión de que la historia iba a tirones y sobre todo que no estaba bien desarrollada. Situaciones importantes pasan demasiado rápido y las explicaciones de puntillas mientras que se alargan en otras solo por recreo.

En la página 100 de 200 todavía estamos en el primer acto, dejando exactamente las mismas páginas para desarrollar el nudo de la historia, que salvo excepciones en las que no me parece el caso es el más extenso y el desenlace, teniendo en cuenta que se incluyen los flashbacks. Físicamente es imposible que con ese planteamiento llegue una resolución a la altura y ha sucedido lo esperable: que los diálogos de las presentaciones son eternos y redundantes durantes varias páginas pero más adelante, la invocación del demonio que corresponde al clímax se despacha en dos párrafos. Apenas hay una fugaz explicación que da razón de ser al título.

Entiendo que pueda ser decisión el dejar caer que precisamente lo importante de la historia son los diálogos casi absurdos en el buen sentido de las amigas por encima de lo que por tradición debería engancharnos como lectores amantes del cliché de los pactos satánicos pero aun con esas, se me hace un subtexto repetitivo. La acción sucede en un suspiro y tienes que leer dos veces para enterarte qué ha pasado. 

La intención y el mensaje es bonito y lo comparto. Además, no es usual ver protagonistas como las de Lauburu. Mucho menos que la antagonista termine por no serlo gracias al principal mensaje de esta historia que es la sororidad entre mujeres y la imperfección de las mismas, porque las mujeres solo son mujeres pero todo el qué ha quedado diluido a costa de no haber hecho un buen cómo.

Apunta maneras si dispusiera de otras 200 páginas más pero no ha sabido adaptarse al espacio y contarlo como un relato donde hay que elegir muy bien las elipsis temporales y la voz narrativa para extenderse en lo importante y evocar con el mínimo de palabras lo que uno quiere decir con diálogos kilométricos. Además, las escenas en las que más se detiene son bastante predecibles, clichés y desde mi punto de vista, con la mitad se entiende a la perfección.

Me ha sido imposible simpatizar con los personajes no porque no concuerde con su forma de ver la vida sino porque me han resultado planos y sobre todo forzadas. Forzadas a parecer modernas y de vida alternativa que ya tienen sin falta de hacer derroches de sarcasmo aleatorio o de nuevo, conversaciones de besugo que han borrado de un plumazo situaciones mucho más interesantes como el uso de la magia, los rituales y el pasado de las mujeres en el siglo XVII. 

La poca explicación ha generado además un posible deus ex machina que no lo veo lo suficiente justificado como para que el lector crea que es factible que las tres protagonistas se encuentren con la antagonista así, sin más, de golpe y porrazo en una escena de gag cómico que la verdad, no me ha hecho gracia. Por supuesto que uno puede creer en las casualidades. Las casualidades bien expuestas. Aunque esa no es la única incongruencia que me ha seguido haciendo bola esta obra. 

Una de las mayores es lo rápido que aparecen los villanos. Es un visto y no visto que si uno se coloca bajo la perspectiva de las chicas puede ser factible. Pero cuando nos trasladamos al de Catalina las cosas cambian. Necesito muchas más explicaciones para que me crea que ha encontrado a una panda de neonazis en un foro. A los neonazis no se les encuentra así como así, en un foro, a menos que no sean neonazis sino gente que dice ser neonazi.

Además, no se dedican a matar a la gente aleatoriamente, se me ha hecho una caída en espacios demasiado comunes. Y menos si están dentro de los cuerpos de seguridad del Estado, pudiendo exponer a todos los miembros de sus grupos y hermandades. Eso es más fantasía que la propia invocación de Satanás tal y como están las cosas planteadas en la obra.

Que ojo, lo más verosímil de todo es que los nazis sean del Ejército y de la Nacional. Pero creo que mi mayor problema con Lauburu es la forma en la que se trata toda esta parte de la trama porque no le encuentro el tono definido.

Todo esto se junta con lo nombrado. Al estar poco desarrollado, al quedar como seres planos que están ahí solo para cumplir con el papel de malos, porque todos sabemos que los tipos blancos supremacistas son lerdos se les retrata como si no supieran respirar sin cagarse encima y llega a ser hasta esperpéntico. Si las chicas son salvables, lo villanos no encuentro por dónde cogerlos. Aparecen y desaparecen con una bomba de humo, parecen tener el cociente intelectual de una lenteja y además, ahora se dedican a matar mujeres por dinero, porque sí y de paso, violar. O no son nazis y son otra cosa o no le encuentro absolutamente ningún sentido a esto. Demasiadas gratuidades en tan poco tiempo. Creo que se puede retratar exactamente el mismo mensaje de forma más sólida y pausada. 

Por otro lado, quería añadir que en las partes del siglo XVII están escritas en cursiva para que nos quede claro que es el pasado (que nos queda claro de todos modos, pero no le veo problema alguno). Sin embargo, hay momento en los que en medio de la cursiva cambia a regular. Por lo que he visto, la autora contestó que no se debía a un error editorial sino que eso simbolizaba que presente y pasado se mezclaban y que lo pensaban en ambos tiempos. Me parece una idea preciosa pero creo que no se entiende. Yo también pensé que había sido una errata por parte de la edición del libro. Si no te lo dicen no caes. Es ingenioso pero no me ha parecido la mejor manera de expresarlo. 

La edición en sí, aunque no tengo queja alguna, después de haber leído otras de la misma editorial me ha resultado más descuidada que las demás. Es la primera edición y la errata es bella, todos lo sabemos. Somos humanos, no robots. Pero sí he sentido cambio de ver ediciones intachables en respecto a esta con un qué que no debía llevar tilde o un ostia seguido de otro hostia.
A Lauburu le falta cuerpo y un poquito de tono. También una tijera de podar diálogos para dejar que la estructura de la historia respire. Tantas perspectivas en tan poco tiempo la ha hecho caótica. Es una premisa y una idea muy atractiva, con un fondo que apoyo y que me encantaría leer en muchas otras obras pero que a la hora de ejecutarlo se ha quedado más que cojo y estoy segura de que eso se debe a la extensión, que de haberlo hecho en más palabras, las cosas cambiarían radicalmente. Pero así se ha publicado y no hay mucho más que decir al respecto.

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