Como en casa, en ningún sitio: “La última mujer de La Mancha”

El 63,1% de los municipios de España y 13 provincias han perdido habitantes durante los últimos 18 años según datos de la fundación de BBVA y el Ivie a partir de los del INE. La España vaciada es un problema que cada vez genera más eco. Madrid se erige como uno de los mayores destinos donde se depositan las esperanzas de encontrar… ¿algo? En La última mujer de La Mancha es una cosa bastante desagradable aunque quizás pueda competir con los precios de los alquileres de la capital.

La mujer que se esconde bajo el pseudónimo de Enerio Dima ya ha publicado unas cuantas cosas bajo distintos sellos. Con Cerbero ha repetido y en este caso nos encontramos el relato del viaje que emprende Leo para averiguar por qué se ha encontrado la meseta castellana tan vacía como su útero. 

En efecto, la protagonista no se habría enterado de que es el personaje principal de una historia al estilo Soy Leyenda de no ser porque tenía una consulta urgente muy relacionada con su cáncer latente. Encima de sola, enferma y con el espíritu de su difunta madre martilleándole la cabeza con el cuento de que se morirá sola, tal y como ella había predicho en vida. Tanto se lo repite que al final, Leo decide que no se rendirá hasta descubrir qué ha pasado y con un poco de suerte, encontrar a alguien o algo.

portada

Si lo consigue o no ya es materia de spoilers así que vamos a centrarnos en otras cosas más relevantes como el hecho de que Leo sea una mujer conductora muy atípica en cuanto al canon de las mujeres conductoras protagonistas: ni es joven, ni tiene pinta de ser guapa, ni agradable, ni objeto de deseo, ni infalible, ni nada. Lo que sí se puede decir es que es muy humana. Leo es de carne y hueso, traspasa el papel y eso me parece relevante dado que la autora lo consigue en unas 220 páginas del tamaño de mi bolsillo trasero del pantalón.

Sí. Ella es el único personaje en el que un principio podemos ahondar, porque es la última mujer de La Mancha, vale. Pero aún así, semejante trabajo de exploración y creación de alguien tan verosímil nos conduce a percatarnos de lo bien que ha esquivado la autora estructuralmente hablando todos los problemas que puede generar una historia donde solo está ese personaje y que a menos que se le vaya mucho la pinza y hable consigo mismo, poco dinamismo se va a encontrar uno.

En los puntos justos y a veces coinciden con las peripecias estructurales del relato hay un cambio de ritmo. Esto hace que lo bueno y breve sea dos veces bueno y que no nos empachemos de la misma fórmula una y otra vez. Además, también funciona para definir a Leo el hecho de que el fantasma de su madre y su hermana desaparezca para dar paso a otro recurso. Está todo muy bien hilado y en consecuencia, muy bien escrito.

Con bien escrito me refiero a su dilatación en el tiempo. A pesar de ser una novelette, te da la impresión de haber leído una novela entera con sus más de 300 páginas gracias a lo bien que ha sabido Enerio contar la historia. Volvemos al tema del ritmo. Las elipsis temporales se encuentran en el momento justo, los diálogos son los relevantes y las acciones detalladas nos ayudan a comprender qué sucede.

Claro que no se va a comprender del todo. Eso es algo de lo que no te das cuenta hasta el final. Hay muchas interrogaciones que jamás se van a responder porque ni hacen falta ni hay espacio suficiente para ello. En lo personal, me da la impresión que de haber indagado más en el contexto, se estropearía el encanto del relato y o bien se alargaría demasiado y perdería la sencillez con la que nos camela o pasaría todo de forma demasiado atropellada como para hacerlo legible y sobre todo, catártico. 

La última mujer de La Mancha es terror del bueno, porque lejos de asustarte, te angustia, te da pena y temes que algún día seas tú la última persona que quede en pie en tu pequeña provincia. También tiene sus dosis de misterio. En la obra se juega con el misterio de una forma tan increíble que te mantiene enganchada lo suficiente como para que te lo leas de una sola sentada, como para que no quieras parar. Es adictivo. Y un poco profético. Y costumbrista. Pero costumbrista de verdad, no de lo cutre que dice ser costumbrista para poder ponerle alguna etiqueta vendible.

La última mujer de La Mancha es un relato de resistencia y de identidad. Porque como en casa, en ningún sitio.

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