Nunca sabrás si has llegado a la orilla

Haruki Murakami es uno de los autores más famosos de Japón y toda Asia en general, si no el que más. Ha estado nominado en varias ocasiones al premio Nobel de Literatura, pero nunca lo ha logrado. Kafka en la orilla es una de sus obras más aclamadas y objeto por el que muchos creen que debería tener en sus manos de una vez ese premio. Yo soy una de ellas.

La mayor parte de las veces, cuando algo me gusta mucho, suelo avisar, decir que quizás no esté siendo objetiva porque es algo que me agrada y lo vea desde una perspectiva imparcial. Hoy no lo voy a decir, porque Haruki Murakami es mi escritor favorito precisamente porque es uno de los grandes genios creadores que más admiro en este mundo.

Siguiendo con la intención de no pretender engañaros, tengo que avisar también de que no es una lectura breve, al contrario, es de los más largos que ha escrito y supera las setecientas páginas. Para mí, el número de páginas que tiene un libro nunca ha sido algo que valorar negativa o positivamente, pero sé que muchos sí lo hacen, así que creo oportuno avisar. La buena noticia es que no es nada pesado y se lee a buen ritmo.

Portada Kafka en la orilla

Estoy tentada a hablar de cada porción de tinta y celulosa que conforma el libro, pero tendría que extenderme mucho, así que haré el esfuerzo de elegir lo que más me ha impactado. A medida que iba pasando las páginas, mi mente no solo estaba procesando la información que Murakami le ofrecía; también estaba pensando: “¿¡Por qué no le han dado un Nobel a este hombre ya!?”. Con cada palabra que asimilaba, me lo repetía.

La cuestión es que estudiando la carrera de Lengua y Literatura Española, he tenido y tengo que leer grandes obras reconocidas universalmente, siendo algunas premios nóbeles. He leído, de hecho, a Gabriel García Márquez, uno de los literatos con mayor fama, y en ningún momento pensé que se merecía ese premio, en ningún momento me sorprendió y sobrecogió tanto como Murakami lo ha hecho con Kafka en la orilla. Sí he pensado que era buen escritor, pero no que era uno de los mayores genios que he tenido la suerte de conocer, como me ha sucedido con Murakami. Ni siquiera Bécquer, alguien que me tiene enamorada por sus Leyendas llega al nivel del japonés. Por el momento, es mi libro favorito, tanto de su bibliografía, que no he leído completa, pero sí casi, como en general.

Su estilo realista y oscuro es una de las cosas que más me atrae, sin duda. Siempre escribe en la misma línea, pero en esta obra, se corona. Lleva su estilo personal a lo más alto, consigue un realismo mágico que confunde, sobrecoge y maravilla. Sin caer en la fantasía fácil, crea una obra tan verosímil y catártica que Aristóteles lloraría de felicidad. Austeridad es la palabra que definiría su prosa. Tiene un estilo formal, carente de adornos, pero a la vez, tan preciso que logra describir todo tipo de sentimientos y acciones.

Suelo admirar las obras creativas muy de lejos y no me identifico mucho con los sujetos de las historias, porque soy una persona muy fría. Nunca he llorado con una película, ni me he emocionado en exceso salvo en contadas ocasiones. Cuando me pasa, sé que algo es de una calidad excesiva, tanto que consigue traspasar mi corazón de piedra. Kafka en la orilla posee una escena narrada con una magistralidad increíble que consiguió ralentizar mi lectura, porque su crueldad, puramente objetiva, sin aderezos, me sobrepasaba.

Al igual que consigue recrear lo más cruel y retorcido que un ser humano se puede llegar a imaginar, usa esa habilidad la utiliza para perfilar al personaje más tierno que he visto en mi vida en literatura: Nakata Satoru, rodeado de otros más estrambóticos y curiosos que forman un marco de acción perfecto donde su inocencia y naturalidad conquistan a cualquier ser humano con una pizca de empatía.
En la misma línea trata el sexo como lo más ordinario de este mundo, que es lo que es, aunque no solo en Kafka en la orilla, porque el tema de las relaciones sexuales es una constante en su bibliografía. Otros autores son sutiles, descarados o consiguen un término medio. Él se sale de campo, con una pluma asombrosa.

Lo de la pluma asombrosa en especial por las conversaciones entre Kafka y Cuervo, las sensaciones que logra arrancar y la incertidumbre enganchan para que continúes leyendo, aunque no hayas dormido o comido. Kafka en la orilla se vuelve tu primera preocupación. Es mágico leer y leer, darte cuenta de que sin ser un libro de acción, pasan cosas muy serias, que te mantienen en vilo, gracias al suspense y otras cuantas sorpresas que Murakami tiene preparadas, con una diégesis más que cuidada.

Haruki Murakami, como buen japonés, te obliga, desde la ficción, reflexionar sobre el sentido de la vida, nuestras decisiones y acciones. Nos coloca en frente de un adolescente estoico, como todos sus personajes, que nos deja entrever la fabulosa personalidad que él mismo posee. Si no le dan un Nobel de una vez a este señor, el mundo es muy ignorante.

«A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo, intentando evitarla. Y entonces, la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí solo hay una arena blanca y fina, como polvos de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como esa.

(…)

Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.

Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. ¡No! ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí está el significado de la tormenta de arena»

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